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Negocio saludable de los González Noriega

Trabajar en una farmacia va más allá de vender un producto, especialmente si de eso depende el bienestar o alivio de un cliente.

Con receta en mano más de un vecino se acerca a la farmacia de la familia González Noriega. En ese instante Leopoldo González Asán se dirige hacia la caja, los atiende y si tiene alguna duda con un medicamento su esposa, María Teresa Noriega, es la indicada en escuchar al cliente.

Esa responsabilidad se mezcla con los voluminosos libros de medicina y las largas jornadas de estudio que doña Teresa cursó mientras estudiaba en la universidad en Guayaquil. En esta etapa ella se casó con Leopoldo.

“Mientras estaba por culminar mi carrera, mi esposo estudiaba Agronomía y en sus tiempos libres trabajaba como taxista. Al segundo año de casados nacieron mis hijos y mi madre, María Vera, me dio la idea de poner una farmacia, ya que estaba afín a mi carrera y nos generaba un ingreso extra”. Los padres de la joven pareja decidieron apoyarlos con la idea y ambos le prestaron 500.000 sucres a cada uno.

Desde 1986 instalaron su negocio en los Sauces II. “A pesar de que la farmacia estaba ubicada en una calle peatonal, varias casas empezaban a construirse en la avenida principal. Meses después, nos alquilaron un local en Sauces VII y las ventas empezaron a triplicarse”, recuerda Leopoldo González.

A partir de ese momento sus turnos iniciaban desde las 08h00 hasta las 23h00 y mientras María Teresa realizaba la rural de Medicina, su esposo atendía la farmacia. “Había ocasiones que no teníamos a alguien que cuidara de nuestros hijos por lo que teníamos que llevarlos al negocio y al culminar la jornada, ya regresaban dormidos a casa”,  cuenta.

Parte de ese esfuerzo los llevó no solo a ser reconocidos como la primera farmacia del barrio, sino también a que todos los vecinos buscaran a Teresa por un servicio adicional. “Los clientes sabían que mi esposa era doctora y eso les generaba seguridad. Muchas veces ellos se acercaban con un malestar y recibían la consulta gratis”.

Luego de catorce años de arduo trabajo en familia, otras farmacias empezaron a nacer. “Actualmente tenemos cuatro farmacias Cruz Azul ubicadas al norte de Guayaquil y una de ellas está bajo la atención de mi hija María Cecilia. Mientras que mi hijo, Leopoldo González, se encarga de la administración de todas las boticas”, indica María Teresa.

“Soy ingeniero comercial y aunque mis padres no han seguido esta carrera, han llevado las farmacias con mucha lógica. Entre mis planes, quiero realizar un plan de sucesión para que cuando ellos se retiren,  ya hayan delegado funciones en el negocio”, comenta Leopoldo hijo.

Sin embargo, los clientes cada vez que se acercaban al negocio, solicitaban un servicio que la farmacia carecía. “Nuestros vecinos nos preguntaban por qué no teníamos el Banco del Barrio en la farmacia. Luego de escuchar constantemente la misma pregunta, lo conversamos con mi esposa y decidimos que un negocio con más de 25 años de trayectoria no podía dejar de ofrecer un servicio tan importante para el sector”.

Desde ese momento, instalaron este servicio en las cuatro farmacias y más clientes empezaron a llegar.

“Cada vez que escucho a mi esposa recetar a sus pacientes, aprendo un poco más de ella. Tal es el afecto de ellos, que muchas veces me dicen doctor”, comenta entre risas Leopoldo González Asán.