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Entre cálculos y letras Lilia Rojas llegó donde quería

Para Lilia Rojas Ordóñez, el 14 de febrero no solo es una fecha dedicada al amor, sino también para recordar cómo su vida comercial empezó a germinar. “Tenía 21 años cuando en San Valentín de 1998, mi esposo y yo nos fuimos de Loja para emprender nuestro primer proyecto. Con mi hijita en brazos, llegamos a la Joya de los Sachas (Orellana), ya que mis padres tenían una despensa instalada en el mercado de este cantón”, relata Lilia. Llena de ilusiones, la pareja instaló una pequeña tienda con productos tradicionales como: arroz, azúcar, lácteos y varios artículos de limpieza.

Sin embargo, hace una década atrás la Joya de los Sachas empezó a desarrollar varias fuentes de ingreso no solo para los que residían en el cantón, sino también para los trabajadores de otra ciudad. Esta fue una razón suficiente para que Lilia pusiera en práctica los conocimientos adquiridos en la universidad. “Muchas com pañías petroleras requerían personal, por lo que los habitantes empezaban a buscar a alguien que los ayudara a redactar sus hojas de vida.

Yo había estudiado economía en la universidad de Loja y sabía usar varios programas de computación, así que tomé esa necesidad y la convertí en una oportunidad para mi negocio”. Ella compró una computadora y colocó un letrero al pie de su tienda, que anunciaba: ‘Se hacen trabajos de computación’. Oficios, transcripciones de textos, certificados y justificaciones para los colegios eran los trabajos más solicitados por los habitantes.

Poco a poco esta labor fue ganando espacio en la tienda, por lo que Lilia empezó a comprar cuadernos, libros y otros productos escolares. A partir de eso, los clientes ya no solo iban por una libra de arroz, sino también por otros productos y servicios. “Cada vez que hacía un trabajo de computación me sentía más útil para mis vecinos, así que decidí venderle todos los víveres a mi mamá e invertir en una fotocopiadora. Desde ese momento sabía que mi negocio tomaría una nueva imagen y que nos sacrificaríamos un poco más porque ya teníamos dos niñas en la familia”.

Su esposo, Danilo Hoyos Vásquez, quien era dueño de un restaurante, se turnaba con Lilia para abrir, atender el local y al mismo tiempo cuidar a sus hijas. Durante ocho años, su jornada empezaba desde las 07:30, hora en la que Lilia dejaba a Dayanna y Angie en la guardería, para abrir su negocio llamado Compu Text. Luego don Danilo las recogía y las llevaba al local para que su mamá cuidara de ellas, hasta que a las 21:00 ambos cerraban sus respectivos negocios.

Esta rutina se compensaba con los avances y ganancias del negocio, pues los clientes ya no solo iban para encargar algún trabajo, sino que también querían navegar en internet. Así fue como la pareja acondicionó el segundo piso del local e instaló un ciber con nueve computadoras y varios ventiladores que refrescaban el lugar.

En ese entonces la fuente de información que utilizaba Lilia para enseñarles a los clientes a realizar sus investigaciones era la enciclopedia multimedia llamada Encarta. “Al principio no me alcanzaba para atender el ciber y la papelería al mismo tiempo, por lo que tuve que contratar a una ayudante. Ella se quedaba vendiendo y yo realizaba los trabajos y también les indicaba a los usuarios cómo debían navegar en internet”, explica Lilia. Paciencia y constancia son las piezas claves que ella supo emplear para sacar a flote nuevas opciones que atraían y aseguraban un cliente adicional.

“Muchos de los choferes que tienen que rendir el examen para renovar su licencia de conducir, se acercan a pedirme una mano. Hay unos que tienen miedo a usar el mouse del computador, pero yo los hago practicar varias veces, de tal manera que dan la prueba y sacan un buen puntaje. Asimismo hay otros clientes a los que ayudo a realizar sus declaraciones de impuestos por internet y se acostumbran a venir cada mes”, cuenta doña Lilia.

En el 2005, nació su tercera hija y con ella vinieron más servicios para el negocio y otras responsabilidades. “La época de clases iniciaba en la Joya de los Sachas y un mes antes fui a cada escuela para preguntar por la lista de libros. Entre todos nos organizamos para atender la papelería, pues esta es la venta más grande del año”.

Cinco años después, los esposos Vásquez Rojas -luego de haber observado varios comerciales en televisión- decidieron instalar el Banco del Barrio en su local. “Tenemos la ventaja de estar ubicados frente al mercado principal de la Joya de los Sachas. Cada fin de mes, varios clientes se transportan en las rancheras, (vehículos también conocidos como chivas), desde diferentes parroquias como: San Carlos, Unión Milagreña, Lago San Pedro y Rumipamba, y se acercan para cobrar el Bono de Desarrollo Humano.  A mediados de cada mes, los clientes también se acercan para pagar sus planes de telefonía celular. Este ha sido un servicio que la Banquera del Barrio domina muy bien por sus conocimientos contables. Catorce años después, la pareja continúa recordando la fecha de San Valentín que trajo a la familia gratas experiencias.

Ahora, sus dos hijas mayores cuidan de María José, de 7 años, mientras su mamá se dedica a administrar el Banco del Barrio y los otros servicios del negocio. Su equipo de trabajo creció a tres empleados, al igual que sus fotocopiadoras, y en la parte superior del ciber los ventiladores fueron reemplazados por aires acondicionados. Su próximo servicio será incursionar en la venta de suministros de computadoras.